miércoles 9 de diciembre de 2009

Sorrow

El espacio y los objetos que lo ausentan: sillas, estantes, libros. La contracción tácita de los recuerdos: esas promesas mal dichas o poco oídas. El Sr P con sus mañas de siempre, los ventanales cerrados, las náuseas.
Entonces en el balcón los gatos pardos saltan de a uno sobre las pesadillas.

Be safe

Amanece y las calles tienen la velocidad de los hombres. No hay miradas. Sólo un apuro racional y físico. Los relojes están en marcha y la gran ciudad sale a mendigar su limosna. El sol huele a café y esa mujer está dormida. Las monedas combaten su tercer round en los bolsillos y pocos ocultan la tristeza detrás de la ropa almidonada. La pregunta es casi inevitable. La Nada se tropieza con el Todo en cualquier parte. El almacén vecino deja las cajones afuera. La carne está en el mostrador. Como la muerte en los estuches vacíos.
Así llegan temprano los albañiles, me preguntan por la medida de las cerámicas, tosen, invaden los espacios con sus códigos: el mundo es de ellos. El piso vuelve a ser polvo.

jueves 3 de diciembre de 2009

Una habitación vacía y la figura del muchacho deformada por la perpendicularidad de la ventana. El muchacho, lejos de toda excentricidad, mira el reloj e intuye que la muchacha jamás regresará.
Las paredes del Motel son húmedas y él está lejos de casi todo lo que lo había visto crecer: ese molino, ese perro, esa galería con la foto del General, ese florero con las uvas de vidrio.
El muchacho se recostó en el piso y como si las cerámicas fueran la corriente de un río caudaloso, se dejó arrastrar hasta quedarse dormido. Con los brazos en cruz, en calzoncillos y con un tórax ligeramente hundido, se abandonó a ese umbral primitivo de la nostalgia.
La oscuridad lo devoró.

miércoles 2 de diciembre de 2009



Los objetos nos distraen en la rutina de los nombres. Entonces veo dos vestidos colgados en el placard, un espejo, una pinza, un frasco de perfume. El cuerpo que libera a esos objetos está lejos. Quizá esa lejanía sea el espejismo del gran Otro. Un ser que entra y sale del mundo como quien lee una tirada de naipes. Me demoro en esta suposición (casi maniática) de las formas y de las cosas que me rodean. Vuelvo a mirar los espacios vacíos, mi perra desparramada en el piso, el balcón, la carga temeraria del sol sobre los hombros vecinos.
La pregunta vuelve una y otra vez a cero.